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Las APE

APE surgió ante todo como una idea federal, cuya implementación pudiera llevarse a cabo en cualquier parte del país de un modo descentralizado y donde cada organización local fuera independiente en todos sus aspectos, para poder desarrollarse sin condicionamientos, de acuerdo con las necesidades o posibilidades de cada localidad, distrito o región.

Una vez organizadas, vendría la segunda etapa, crear la Federación de Asociaciones que permitiriía potenciar los esfuerzos y logros individuales, para transformarlos en una herramienta de gestión a nivel nacional que les diera a los instaladores del sector eléctrico, la misma representatividad ante los diversos organismos estatales o intermedios.

Así, en el año 1993 nació la primera APE de Buenos Aires que tuvo su sede en Avenida Independencia al 200, en las instalaciones que nos dejara la ex CAPE (Cámara Argentina de Fabricantes de Productos Electricos de Baja Tensión).

Es importante destacar, que si bien esta APE estuvo activa hasta 1994, nunca logro su personería jurídica, ya que los escasos recursos humanos y económicos obtenidos, no le permitieron crecer, a pesar de ello, aunque su estructura fue muy limitada, pudo generar dentro de su corto periodo, una gran actividad social y de capacitación a sus integrantes (para no repetir socios).

Para entonces, ya se había armado la primera APE de Córdoba (que no guarda ninguna relación con la el APE actual) cuya corta historia se pierde en el año 1995 en el que cesó sus actividades, y también la APE de Rosario que logró su personería jurídica y tuvo un extraordinario período de crecimiento, llevando adelante importantes actividades sociales dentro de la Universidad de la ciudad de Rosario, y otros escenarios locales. Finalmente, pujas internas terminaron dividiendo a sus miembros y la organización dejó de actuar.

Dos años después, una nueva APE ya estaba en marcha, y el día 23 de octubre de 1996, junto a un grupo de colegas, nos encontramos en una escribanía de la ciudad de Buenos Aires, firmando el acta fundacional con los estatutos de la nueva APE, cuyos firmantes y fundadores fueron los colegas Eduardo Novelle, Juan Carlos Bonfante, Fernando Osterrieth, Iber Rodr&iaguez, Ricardo Flugel, Rubén Gonzalez, Daniel Correa, José Ramon Montes de Oca, Jorge Tiscornia y Guillermo Sznaper.

Este grupo con el que aun compartimos una franca amistad, no tenía nada extra para ganar, pero sí una enorme vocación de servicio hacia sus pares, y esto quedó plasmado en la gran cantidad de cursos y charlas gratuitas de capacitación que se llevaron a cabo, con el fin de difundir las nuevas tecnologías del momento, apoyando al IHA en la explicación del uso de sus planillas, concurriendo muchas horas semanales al APSE a tratar temas de la res. 207/95, o difundiendo el conocimiento y la interpretación de la reglamentación de AEA.

Hoy, la APE de Buenos Aires, (cuya personería jurídica 1627522/96 está activa) trabajar nuevamente y está en la constante búsqueda de profesionales con verdadera vocación de servicio, que decidan tomar la posta, sabiendo que el premio es muchas veces muy bajo o inexistente, y que los golpes más duros vienen desde adentro y no desde afuera como lógicamente uno podría llegar a pensar.

La historia de las asociaciones (al igual que la del hombre) es muchas veces la historia de los desencuentros, donde un patrón común termina uniendo como piezas de un collar, cada uno de los acontecimientos, no importa dónde, o cuando hayan ocurrido, y si lo analizamos, es una sucesión de hechos casi perfecta y repetitiva que nos permitiría ver, el porqué es tan difícil unir a los movimientos humanos, dentro de los cuales obviamente se encuentran los de los instaladores.

Para que la nueva APE (o cualquier otra organización) pueda llegar a buen puerto, hace falta gente capacitada, despojados de objetivos personales, y fundamentalmente con la suficiente inteligencia para ver de un modo creativo las cosas y transformar lo negativo en positivo, sin caer en la angustia de los primeros fracasos; pero también hace falta el apoyo de los miembros de su comunidad, sin el cual, no es posible lograr ningún pacto social.

Guillermo Sznaper

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